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Ejercer el derecho a la belleza
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Ejercer el derecho a la belleza

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“La poesía, la necesidad de imaginar, de crear es tan fundamental como lo es respirar. Respirar es vivir y no evadir la vida”
Eugène Ionesco

 

Mi papá trabajaba en un banco. Atendía clientes corporativos, viajaba un poco y tenía una bonita oficina en el Parque de Berrío. Sus problemas, tal vez, eran casi todos comerciales o financieros. Las metas, la presión, los clientes, la Medellín de los 80. Sin embargo, hoy lo recuerdo como un papá-poeta, como un papá-naturalista, un venerador de la vida. Puedo verlo caminando hacia el carro donde lo esperábamos después del trabajo, al lado de la «Gorda de Botero». Su figura flacuchenta y sonriente con un paraguas inmenso, a la hora exacta. En esa época las citas había que cumplirlas porque no se podía mandar un WhatsApp para decir que uno iba tarde. Al llegar a casa se sentaba en el sofá, bajo la luz parda de nuestra lámpara con pantalla de pergamino. A veces escribía textos que nunca pude recuperar pero que alguna noche en un abrazo que le di de sorpresa identifiqué de reojo como una mezcla de poemas truncos con cuentas de la finca. Muchas veces leía, y cuando estaba de buen humor, lo hacía en voz alta.

«¿Quieres que te lea el poema que más le gustaba a tu mamá cuando éramos novios? —y comenzaba—: Esta rosa fue testigo /de ese, que si amor no fue, / ningún otro amor sería…». De Greiff le encantaba, me contaba que era ingeniero y poeta, que participó en la construcción del ferrocarril de Amagá y de ahí los poemas del Suroeste. «Oh Bolombolo…» leía sonriendo.

Los sábados nos «empacaba» para la finca de mi abuela, Altair, el mismo nombre de la estrella. «Ir alto», decía mientras combinaba con Séneca: «Piensa en grande y lograrás en grande, piensa en pequeño…». Tomábamos los caballitos criollos para recorrer la tierra de Papá Roberto, donde tumbó monte para hacer potreros y sembrar piña, como sus ancestros devastadores, pero dejó la tercera parte en bosque primitivo. Un lugar lleno de aguas, animales, plantas inauditas, caminos de selva, las aves más brillantes y coloridas. Un día, en medio de la cabalgata, apenas llegando al límite del monte, se detuvo de golpe y nos alertó. «¡Miren!», susurra desde su caballo, y señala un pequeño zorro plateado y marrón que mordisquea una piña. Nos quedamos contemplando por un instante infinito los ojos, el hocico, el lomo perfecto, el sol en su piel, antes de que se deslizara silencioso, como un espíritu, hacia el interior del bosque. «Nunca maten un animal, disfrútenlo y celébrenlo. Dejamos el monte para las aves, los zorros, los armadillos, los osos hormigueros, los micos, las iguanas, las culebras… ¡la vida!».

Solo lo alcancé a conocer hasta donde un adolescente conoce a su padre. Como esa mezcla de héroe mitológico con villano de película detrás del velo de los ojos del niño. Sé, sin embargo, y abrazo esa herencia, que su vida no fue aburrida. Bailaba, se iba de fiesta, conversaba apasionado, disfrutaba de la naturaleza, sus ojos le brillaban con la poesía y amaba a mi mamá con un amor de otros tiempos. Ese es su gran legado: el amor, el idealismo, y las poesías que nos rodean: la de la naturaleza, la más obvia de los libros y la sutil pero abarcadora, de la existencia humana.

Cuentan que Einstein dijo que «hay dos formas de ver la vida, una es creer que no existen milagros, y la otra es creer que todo es un milagro». Más allá de la autenticidad de la cita, es una idea poderosa que hemos decidido compartir con ustedes en esta edición de la Revista Comfama. Lo hermoso, lo maravilloso, lo inverosímil, lo excepcional, nos acompañan en los asuntos y lugares más comunes y cotidianos. No es necesario ir muy lejos para encontrarlo. Está por ahí, rondándonos, o al dar la vuelta a aquella esquina. Además, como si fuera poco, somos, en el sentido vital y natural, milagrosos.

Los humanos, como naturaleza que somos, encarnamos la belleza y el misterio en cada uno de nuestros actos. Hasta en los lugares más sórdidos y en los momentos más terribles, brota por allá desde un rincón impensado, se revela el milagro de la vida y la posibilidad. Siempre habrá una sonrisa, un gesto de amabilidad, un acto heroico, una flor sorpresiva, una nube que se mueve e insinúa la forma de un león, un árbol lleno de colores, una ardilla que corre por la calle, un abrazo del amigo, una mirada cariñosa de alguien con quien trabajamos, una persona que supera sus límites, un texto que nos conmueve, una pintura que nos eleva. Siempre habrá, en lo cotidiano, motivos para celebrar la vida y la belleza.

Invitamos, además, no solo a ver y celebrar esta maravilla, sino a crearla. Empresas y familias, cualquier persona, todos tenemos la opción de ver la belleza como un regalo, como parte de nuestra posibilidad creadora y como un derecho humano. ¿Hacemos las empresas solo publicidad o buscamos asombrar y educar con nuestros mensajes? ¿Damos trabajo o inspiramos propósitos? ¿Y nosotros, saludamos cada noche con un «hola» frío o llevamos al hogar las historias del día, como los campesinos de antes? Esa es la propuesta, crear y resaltar lo bello, regalarlo a dos manos, abandonar el piloto automático y no perdernos ninguna de las maravillas que nos esperan a cada paso, cada minuto. Recordando a Marie Curie, nuestra ilusión es que nos paremos frente al mundo «como niños que se impresionan con un cuento de hadas».

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4 thoughts on “0

  1. Para ejercer ese derecho a la belleza debemos reconciliarnos con nuestro ser interno, renovarnos en nuestra forma de relacionarnos en lo más íntimo, sincerarnos con lo que somos, aceptar que ya en si mismos somos una expresión sublime de la belleza. Darnos a la totalidad sin juicios, sin prejuicios, sin autoagresión. Darnos en el sentido de lo auténtico, sin autocastigos. Conectar desde nuestro corazón. Lo bello está en los ojos del observador.

  2. Mil gracias por este regalo y muchos éxitos es esta bella empresa. El ejemplar me será de mcuha utilidad para fortalecer y sembrar esperanza en mis estudiantes

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