Urabá, 1980. El ambiente está tenso y acalorado en la primera mesa de negociación entre bananeros y sindicatos de la agroindustria. Discuten las garantías que deberían tener los trabajadores. Las peticiones movidas por la emoción y las opiniones se imponen sobre los argumentos. Algunos, molestos, abandonan la reunión. No hay claridades ni acuerdos en los encuentros iniciales y se anuncian las huelgas en las fincas. Apenas inician el camino.
Los años 90 son prósperos para la producción de la fruta, y decisivos para el desarrollo económico y social de la región: se consolidan las agremiaciones sindicales, se expanden internacionalmente los mercados y las altas exigencias en calidad y productividad se convierten en factores competitivos que transforman los “no me parece” o “no me gusta” en razones y datos que sustentan el debate. Con estos aprendizajes hay un nuevo escenario para negociar que desestima la confrontación y le da paso a la concertación.
“Con los años logramos un acuerdo de unidad, un sistema de concertación laboral. Antes se negociaba finca a finca —450 en ese entonces— y eran procesos muy dispendiosos: unas negociaban y otras entraban en huelga. Establecimos unos grupos de negociación y eso nos permitió, a empresarios y a sindicatos, llegar a acuerdos centralizados, tener mayor control, evitar conflictos y coincidir, con datos, en focos específicos para la región como la productividad, el mantenimiento del empleo y el desarrollo social y económico”, explica Guillermo Rivera, presidente de Sintrainagro, el Sindicato nacional de trabajadores de la industria agropecuaria, que representa a unas 25 mil familias en Urabá.

Lo han hecho juntos. Llevan casi 40 años buscando rutas para la negociación y hoy dialogan, se reconocen como aliados, han construido relaciones de confianza y coinciden, unas veces sí y otras no, como es natural. Saben que el respeto por el otro es fundamental y que no siempre hay que estar de acuerdo. ¿Cómo han recorrido el camino para llegar a una vía concertada de la negociación? Descubren los propósitos que los unen, conversan, se escuchan, ponen sobre la mesa temas con criterios objetivos y toman decisiones.
“Nuestras preocupaciones son mutuas: el desarrollo de las familias, la competitividad internacional y los estándares de calidad y productividad sostenibles. Por eso, partiendo de ese objetivo común, los debates siempre se enmarcan en la construcción de confianza, en hacer manifestaciones concretas y que puedan validarse, en generar conversaciones simples pero efectivas y en llegar juntos a donde están nuestros trabajadores a contárselos. Lo básico es posible. Si quiero algo adicional tengo que actuar desde la productividad para que haya crecimiento. Entendemos que cuando hay contrarios la dinámica es escucharnos el 80 y hablar el 20, luego, con argumentos para llegar a acuerdos”, expresa José Efraín Rodas Ramírez, gerente de Contraloría de negocios, Banacol.
Medellín, 2019. Está a punto de comenzar la sesión. Hay sonrisas, saludos afectuosos y hasta chistes entre los empresarios y los representantes de los grupos sindicales. El tiempo previo permite compartir un café. Guillermo Rivera de Sintrainagro revisa el orden del día y se prepara para iniciar, siempre con una premisa clara: “Lo que se pide en un pliego no se consigue, se discute”. Se instala oficialmente la mesa.
“Nuestro diálogo permanente nos da elementos necesarios para construir acuerdos y mantener el ritmo exigente que representa este sector”.
José Efraín Rodas
Banacol
Según Arthur C. Brook, en su libro Love Your Enemies, los líderes de las empresas de hoy deben aprender a manejar los conflictos de una manera que no sea destructiva.