Dos recuerdos surgen en mi mente y en mi cuerpo cuando pienso en estas dos palabras. El primero, personal, íntimo podría decirse, es el sentimiento de estar flotando a unos centímetros del suelo en el ala central de la Catedral Metropolitana, bañado por la frescura que produce entrar a ese antiguo edificio de ladrillo. Mis sentidos aletargados, mi mente libre, mi alma limpia. Solo la mano de mi abuela, que reza, me retiene cerca del suelo. Paz, separación de lo irrelevante, de ese examen del colegio o del regaño de mi padre; conexión con lo que importa: el silencio, el todo. La misa se acaba de pronto y “aterrizo” con ayuda de Lety y de mis tenis de domingo. No podría responder ni una pregunta sobre el sermón, pero supe de inmediato que el deseo de volver a vivir esto me haría decir, la próxima vez: “Abuela, ¿me llevas a misa?”.
El segundo es más familiar, incluso social, grabado como con buril, como ocurre con los recuerdos de los días más tristes. “Y brille para él la luz perpetua…” — rezaba mi madre, arrodillada en medio del cementerio Jardines Montesacro. — Comenzamos ese día solos, solísimos, abatidos. Luego, recuerdo que, en medio de una tarde soleada, con la presencia de cientos en la iglesia y las oraciones compartidas, me sacudió una frase del sacerdote, que repito cada vez que la muerte se me acerca de nuevo: “La vida es indestructible”. Aún en medio de la tristeza, y descreyendo de ese Dios que era injusto por quitarnos antes de tiempo a mi papá, me sentí acompañado, confortado, recibí el abrazo de la comunidad de la fe de mis abuelos.
En mi vida, la espiritualidad y la religión han sido como caminos que se cruzan, a veces se separan, luego se encuentran. He comprendido con los años que no son la misma cosa, pero ambas tienen un profundo sentido personal y colectivo. También he aprendido que cada persona es libre de buscar, primero, su espiritualidad, su camino hacia el silencio, hacia sí misma, con medios laicos, religiosos o sincréticos. Segundo, que la religión tiene un valor individual y colectivo inmenso para muchos, pero que no importa tanto qué religión se profese o incluso si se escoge no tenerla, mientras seamos buenas personas y excelentes ciudadanos.
A lo largo de los años tuve experiencias espirituales como la de la catedral en lugares y compañías completamente diferentes. La sensación de estar desnudo bajo el sol, junto a la quebrada, en medio del bosque tropical seco de Altair, la tierra de mi abuela en las montañas de la cordillera Central. La duermevela, en una hamaca junto al mar Caribe, sin leer, abrazando un libro. El éxtasis, doble, de hacer el amor y luego sentir las dos conexiones profundas, con el cielo y con ella. En Kioto (Japón), al otro lado del mundo, me sentí de nuevo en un templo, porque todo a nuestro alrededor lo era: los templos mismos, las calles, los jardines. Allí sentí que era sintoísta, taoísta, confuciano, budista, cristiano, musulmán e incluso ateo místico. Hoy en día, cuando me siento alejado de mí mismo, me busco en la más simple meditación. Pero si la situación lo requiere, voy a un “templo”, a uno de mis dos favoritos. El paisaje natural, geológicamente antiguo y amplio, del suroeste antioqueño al amanecer, o, si puedo, me paro frente a una catedral y respiro un segundo, cierro los ojos, miro la torre e, invariablemente, siento de nuevo en mi mano la mano de mi abuela y su voz que me dice: “¡Vamos, chenche!”.
Por otro lado, esa religión que nos consoló cuando murió mi padre, que valoro en su contexto cultural y social, dejó de ser la única aceptada, en buena hora. Mi colegio, aunque no fuera manejado por religiosos, promovía las prácticas católicas, que eran centrales en nuestra vida personal y comunitaria. Se rezaba el rosario en mayo, la misa era obligatoria, se hacían la primera comunión y la confirmación. Aunque, como todo niño, a veces les tenía pereza; con cierta perspectiva, comprendo que los rituales crean comunidad, dan sensación de pertenencia, nos recuerdan que hay una red de apoyo, un espacio para desahogarnos, para la reflexión. Incluso la confesión, que tanto miedo me dio en la adolescencia, fue un bálsamo en mi infancia. Con un sacerdote amable pude compartir y comprender muchas cuitas y dudas de mi más temprana edad.
Afortunadamente, en ese mismo colegio enseñó Iván, el profesor hereje, el maestro que decidió contarnos la historia de todas las religiones y compararlas desde la geografía, la sociología, la mitología y el arte. En décimo, gracias a él, y a míster William Files, el profesor de literatura inglesa, descubrí que había muchos dioses, infinitos, amorosos, terribles, reflexivos, humanos, variopintos como el universo. Files, al preguntarle por el tema, dijo: “I’m a pantheist! god is everywhere, even inside these adolescent beings” (soy panteísta, dios está en todos lados, incluso dentro de estos seres adolescentes), y rio a carcajadas.
En ese colegio me educaron para abrazar las maravilllas de cada religión, me enseñaron que católico quería decir “universal” y que eso mismo era arrogante e irrespetuoso con los que creen en cosas diferentes, o en nada. Gracias a ese colegio, entre mis grandes amigos de hoy hay ateos, budistas, musulmanes, cristianos diversos e indígenas colombianos con sus mitologías, sus cuentos, su literaria y magnífica mirada del universo y de la naturaleza.
Por todo esto, y porque creemos que en Colombia nos haría bien más espiritualidad y, al mismo tiempo, una actitud valoradora, amplia e incluyente frente a las religiones, es por lo que Comfama emprende el proyecto de esta revista. Espiritualidad, según su etimología, es esencia, soplo de vida. Religión quiere decir re ligare, “buscar una conexión”. ¡Más vida y más conexión! ¿No serán ambas fundamentales en este momento de la historia humana? Soñamos con que esta sencilla revista genere curiosidad, conversaciones en empresas, en familias o en los espacios públicos. ¿Qué es espiritualidad?, ¿qué es religión?, ¿es tan buena la religiosidad llevada al extremo?, ¿cómo tener una vida espritual sin necesidad de religión?, ¿podemos creer en lo que queramos y, además, abrazar todas las otras religiones? ¿Qué hay en ese rincón de silencio en nuestro pecho?
Gracias, muchas gracias David!
Esto que escribes… es de atesorar.
Espiritualidad y religión
En mi caso me aproximo a la espiritualidad cuando encuentro conexión con un Ser supremo desde cada persona, cada momento y actividad que realizo y a la vez se alejan de mi sentimientos de ira, desesperanza, tristeza; y logro disfrutar del día a día.
Es un reto para docentes y padres de familia encontrar situaciones que conecte a determinados jóvenes con más vida, en una etapa donde cada uno quiere experimentar, “vivir al extremo”.
me encanta la revista de comfama,sus temas me envuelven,me entretienen ;me fascina leerlos e imaginar cada frase