La brisa de diciembre en las montañas de Antioquia refresca el momento más tenso del día en Altair, la finca de Leticia Villa, mi abuela paterna.Llevamos dos semanas de vacaciones con primos y tíos. Tengo 8 o 9 años, menos de 10 en cualquier caso. Seis jugadores de parqués nos miramos con esos ojos de batalla divertida que solo tres horas de juego y algunas “comidas” pueden producir. De pronto, mi prima Mónica “se come” mi última ficha libre y me veo obligado a un retroceso injusto, luego de haber puesto mi mente, alma e ilusiones en el juego.
Todos, hasta los que no juegan, que flotan en las hamacas que rodeanen el corredor, se burlan de mi desgracia infantil. Mi cara se pone roja, siento calor en la barriga y lo único que se me ocurre es voltear el tablero, salir corriendo y llorar a todo volumen. ¡Qué injusto…! ¡Qué humillante! Aún recuerdo la frase de mi papá cuando volví, cansado, con las piernas lastimadas por el malezal al que me metí en mi fuga, acalorado como solo sucede en las alturas del clima templado tropical. Sudo, me pica todo y para colmo, estoy sentado esperando el regaño y hasta el castigo que obviamente merezco.
Mi papá me dice, con amor, pero con una voz fuerte y grave que nunca olvidaré: “Hijo, tienes que aprender a perder, solo así aprenderás a ganar”. “Tienes mucha suerte, privilegios e inteligencia, pero si no sabes perder, vas a tener muchos problemas en la vida”.
Cómo me gustaría verlo hoy y darle las gracias. He tenido la fortuna de haber perdido, haberme equivocado por montones e incluso fracasado sonoramente. Obvio, también he gozado, aprendido y logrado cosas que me enorgullecen. No ha sido fácil. Siento que sus palabras, sumadas a mis derrotas, son un privilegio, por encima, incluso, de la educación o el amor que la vida me ha enviado. La adversidad y el dolor son el origen de mucho de lo que soy y la semilla de lo que espero poder ser y hacer el resto de mi vida.
Son varias historias. Ahora veo lo clave que fueron, a la larga, la muerte temprana de mi padre y la ajustada economía de nuestro hogar. Me han formado eventos simples como el primer examen que perdí en Eafit cursando Cálculo o asuntos más serios como dos quiebras en tempranos emprendimientos. Luego vino el divorcio y los vaivenes en el amor, así como la derrota (en grande) cuando manejé una campaña política nacional. Incluso, en el 2012 sufrí mucho por la pérdida de un empleo que me había soñado durante años. ¿No creen que la historia de todos tiene errores, derrotas y fracasos? ¡Pues yo agradezco cada uno de los míos!
Los antioqueños vivimos en una cultura que castiga los errores, discrimina a los que pierden y esconde los fracasos. Recuerdo cuando en el 2010 participé en una investigación en la que evidenciamos que nuestra región es, en Colombia, la que menos valora el fracaso empresarial como fuente de humildad, conocimiento y carácter. Una vez hice la prueba con un jefe que quiero mucho, le pregunté si me hubiera contratado de saber que había tenido dos quiebras empresariales. Abrió los ojos… y no dijo nada.
Vivimos en una profunda contradicción porque, como decía mi papá, se necesita aprender a perder para saber ganar. Desde la perspectiva profesional, por supuesto, pero también la emocional, social y moral. Las lecciones más grandes de la vida de los grandes empresarios, artistas o deportistas provienen de la dificultad, que tan bien elogió el imprescindible Estanislao Zuleta.
Pensemos, por ejemplo, que en California, Estados Unidos, una de las regiones más emprendedoras de la tierra, los fracasos, las derrotas y los errores (y lo que de ellos se aprende) se convierten en experiencia, muestra de valor y prenda de garantía para contratar personas o financiar emprendimientos. Por supuesto, hay que recordar que el fracaso sin aprendizaje es infértil. Se vuelve fundamental reflexionar sobre las dificultades, tomar consciencia y mirar para adelante, capitalizándolas. Debo aclarar que debe ser un proceso sin ingenuidad porque no se trata solo de que “las ganas lo puedan todo”, sino también de no rendirse ante las adversidades, aprender e intentarlo siempre de nuevo.
Esas razones nos inspiraron para que este informador de Comfama esté dedicado al fracaso y las dificultades. Aún más, queremos ofrecer unos textos que nos recuerden a todos nuestro necesario compromiso con la esperanza, el aprendizaje y la confianza en las personas y sus capacidades.
Por esto los invitamos a disfrutar la lectura, a recordar que no tiene sentido vivir con miedo, a comprender el fracaso desde la infancia como fuente de sabiduría, y a que no dejemos de contratar o creer en alguien porque tuvo una derrota –o varias– en la vida. ¿Qué tal si miran sus ojos y escuchan su historia? Si sienten que aprendió algo y su mirada brilla con ilusión, es porque tiene claro algo fundamental: ningún fracaso es definitivo.
He sido un hombre afortunado; en la vida nada me ha sido fácil.
Sigmund Freud
Excelente editorial, que gran mensaje David, felicitaciones por compartir tus experiencias de vida con transparencia, son un ejemplo para todos.
Muy ” positivo” pensar en lo negativo, muy buen tema y mejor desarrollado
Una falla realmente es una oportunidad. No debemos tener miedo a perder dado que estamos esculpiendo, dándonos forma para algo mejor. Aprendiendo
David gracias por compartir