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Querido trabajo
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Querido trabajo

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Dos cartas a ese compañero de vida con el que tenemos una relación por cuidar para que perdure en el tiempo.

Por: Pedro Morán, diseñador gráfico en Comfama.

Recuerdo el primer día que comenzamos nuestra relación, con la frialdad de la firma de aquel contrato, donde me comprometía a entregarte mis conocimientos y mi tiempo a cambio de dinero, el mismo que le brindaría nuevas posibilidades a mi vida.

Fue una transacción aparentemente fría, pero importante, decidía a quién le iba a entregar mis horas, minutos y meses: mi vida.

Creo que es hora de hacer un balance acerca de lo nuestro y observar desde otra perspectiva lo que ha pasado, lo que hemos aprendido y lo que debemos corregir si queremos seguir juntos.

Es tiempo de reflexionar acerca de si vale la pena invertir nuestra vida en esto, para que dentro de diez o quince años podamos mirar hacia atrás y decir que nos sentimos orgullosos de lo hecho.

Desde el principio eran claros nuestros compromisos, responsabilidades, derechos y deberes. Reconozco que al comienzo lo asumí como una manera de ganarme la vida, pero ahora pienso que lo importante es hacer de esto una vida, algo que me anime y brille en mi corazón al levantarme cada mañana, para que al caer la noche me enorgullezca de haberlo hecho todo con amor.

De nada vale esta unión si es para estar disgustados y frustrados, no por lo que digan los demás, sino por lo que sentimos. Eso tarde o temprano se volverá en nuestra contra, y perderemos los dulces sabores y los vívidos colores que nos ofrece la vida con cada amanecer.

Por eso, si llega el día en que tenga una sensación amarga solo por el hecho de ir a tu encuentro, será la señal indiscutible de que debemos buscar nuevos horizontes, unos que nos hagan nuevamente plenos.

Te pido que evitemos que interfieran agentes extraños, esos que nos critican y no conocen nada de lo nuestro, pero que en ocasiones creen que somos de su propiedad y pretenden dañarnos con sus presiones y agravios. Somos mucho más grandes, debemos ser inteligentes y aprender de sus comentarios, porque nuestra relación viene de antes y continuará cuando ellos ya no estén.

Hoy te confieso que disfruto nuevos detalles, como el hecho de que con solo presionar un botón, termino mi jornada y ya estoy en casa, sin alimentar al tráfico de la ciudad y con la oportunidad de aprovechar, con mi familia y mi mascota, esos instantes ganados.

Eso mismo me obliga a decirte, hoy que seguimos juntos durante este aislamiento, que no puedo dedicarte más del tiempo del que acordamos en aquella firma inicial. Sabes que no debemos excedernos en esta relación, que debe existir una justa medida. Esa que me permita atender asuntos personales y familiares, dedicarme a otras cosas que amo y que le dan sentido a esta existencia.

Sé que lo entiendes, será la manera de hacernos fuertes, de seguir juntos.


Por: Lucas Yepes Bernal

Empecé a trabajar desde muy joven. Antes se usaba acompañar a los papás al  trabajo y desempeñar algunas actividades menores, que requerían cierto esfuerzo y traían, además de la remuneración, una experiencia con la adultez: vi cómo se trataba a los empleados, eso que hoy llamamos, más sofisticadamente, estilos de liderazgo.

No me sentía cómodo con esas formas dictatoriales de tratar a los trabajadores que tenían los oficios más básicos, por eso dedicaba horas a oír con juicio las historias maravillosas de los mensajeros o de quienes alistaban un carro mientras yo los acompañaba, les hacía preguntas y ellos, al son de un radiecito, contestaban alegres. A lo lejos el “ladrido” del capataz nos devolvía a las labores sin descanso.

Más tarde conseguí mi primer empleo formal en una famosa hamburguesería, allí ocupé un alto cargo para mi edad: fui cajero, y por lo tanto, era el líder del equipo conformado por las señoras de la plancha que se quejaban del administrador y me contaban todos sus maltratos, el mensajero que ya había renunciado dos veces por la misma razón. Esas conversaciones me dieron certezas: podemos ser felices y productivos si hay un trato digno entre todos.

Seguí por la senda empresarial y trabajé en un banco, en una empresa de telefonía, en una generadora de energía, en otra que hacía tubos, en una fábrica de electrodomésticos y hoy, en una caja de compensación. Todas compañías sólidas, cada una empozada en un momento del tiempo, en esa línea donde las corbatas daban estatus, los doctores eran cualquiera con un carné que tuviera un cargo superior al tuyo y que además se lo creían. Nunca viví las jerarquías, pero sé que existían, conocí a grandes personas que al día de hoy son mis amigos, esas empresas me formaron y de esos líderes aprendí lo que me gusta y lo que no de ser “jefe”. También viví historias felices y otras no tanto, vi a estas compañías evolucionar, a  otras estancarse o desaparecer.

“Diferenciar las vidas”, eso de estar partido en dos, no me hacía sentido, yo disfrutaba del tiempo en la oficina, en la casa y en la calle. En el trabajo encontré muchas de mis pasiones, fui poco a poco tejiendo un propósito, algunos de mis líderes descubrieron en mí talentos y habilidades que yo, tal vez, no conocía, se los agradezco con el alma

Tal vez me perdí algún cumpleaños de mi hija, llegué tarde a una comida, estuve ausente en momentos importantes. Tenía una excusa: estaba trabajando para proveer a mi familia, hablando en términos más primitivos; trabajaba… me preocupé hasta encanecer por conseguir el sustento y me olvidé de jugar. No me di cuenta, pero esa seriedad también me iba consumiendo. Las organizaciones te pueden teñir de gris si te lo tomas muy a pecho, te alejas de tu gente y por ende de lo que te da la fuerza.

Hoy vivo un despertar. Mi trabajo es una plataforma de transformación donde puedo tocar la vida de mi círculo cercano, también, a veces, la de todas las personas en las que puedo incidir para que su vida sea mejor.

Descubrí que amar la vida a través del trabajo es intimar con su más profundo secreto. Todos  tenemos el poder para cambiar una organización desde nuestro “banquito” si somos conscientes de que el trabajo, como diría el poeta libanés Khalil Gibran,  es amor hecho visible.

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