Tengo 28 años y vi mucha violencia alrededor del fútbol, creí que eso nunca cambiaría en nuestro país. Sin embargo, el poder transformador del diálogo con las barras organizadas me demostró que podía regresar al estadio sin temor. El fútbol se puede vivir en paz.
Me llamo Esteban Hernández, vivo en Medellín, soy periodista, hincha del Deportivo Independiente Medellín y apasionado por el fútbol desde que tenía ocho años.
Con el fútbol experimenté todo tipo de emociones: llorar y criticar desde lo más produndo de mi ser a una institución cuando se pierde, hasta gritar eufórico y sentirme en la cima del mundo al ganar un título.
De niño mi padre me llevó al estadio. Me enamoré viendo un campo verde cobijado por unas tribunas que parecen montañas. Vi jugar a mi equipo contra clubes de todo el país. Pero nunca frente al club con el que compartimos la ciudad: Atlético Nacional; por esa época, ir a un clásico era muy peligroso para asistir en familia.
En la primera década del 2000, las barras de los dos clubes de Medellín crecieron de manera exponencial y trataron de parecerse a las de otros países como Argentina, donde se habla de fútbol en el desayuno, en el bus y en la oficina. Se llenaron de jóvenes que, como yo, sentíamos como si nuestra vida dependiera del resultado de un partido de fútbol. Pronto apareció la violencia. Un odio, mutuo e irracional, hacia los colores del rival. Los partidos entre el DIM y el Nacional eran batallas campales en el sector aledaño al estadio.
Estas guerras entre hinchadas dejaron familias destrozadas por la pérdida de sus hijos o por tenerlos que visitar en la cárcel, además de un deporte estigmatizado que alejó al público del estadio. Amábamos a nuestros equipos, pero temíamos por nuestra vida si íbamos a verlos. La Alcaldía intentó disminuir el fenómeno de la violencia con acciones restrictivas que incluían sanciones económicas a los clubes, incremento de la fuerza policial, partidos sin público y hasta cárcel para los seguidores. No fueron suficientes.
En el 2009 fui a mi primer clásico bajo un estricto protocolo. Debía ir en bus y bajarme en la 80, no en la calle 70, porque esa zona le «pertenecía» a los verdes y me podían «dañar». Entré a la tribuna norte, viví el partido y a la salida, de nuevo el temor apareció porque necesitaba usar transporte público, rogaba para que en el trayecto no me encontrara una barra de Nacional. No me pasó nada, pero me sentí inseguro y tuve miedo. Preferí no volver a un clásico. No valía la pena.
El problema se agravaba mientras yo pensaba: ¿vale la pena arriesgar mi vida por el color de una camiseta? ¿Cada vez será peor? ¿No tengo derecho a elegir mi preferencia y pasión por un color específico? ¿Estoy condenado a acompañar a mi equipo solo a través de una pantalla? ¿Será más seguro dejar de ser apasionado por el fútbol? ¿Hay alguna solución?
La respuesta la encontré años después. Durante el 2011 se jugó el mundial de fútbol sub 20 en Colombia, los escenarios deportivos tuvieron que ser remodelados y el cambio más grande fue quitar las mallas que dividían las tribunas y que las separaban del campo de fútbol.
Fue un acto obligatorio de confianza, en el que el Gobierno nacional y las administraciones locales decidieron confiar en las conversaciones, en la responsabilidad y en los diálogos con y entre las barras organizadas. Existián dos caminos: «matarse» entre ellas o vivir el fútbol en paz. Optaron por lo segundo.
A través de la televisión vi el impacto positivo de esa política pública en el fútbol, pero, aun así, seguía con miedo de volver al estadio. Así fue hasta el año pasado, antes de que la pandemia vaciara los estadios, cuando mi novia, hincha de Nacional, me dijo: «quiero ir a un clásico». Dudé acerca de qué responderle, pero decidí creer y confiar en todos los cambios que había presenciado a la distancia; invité a unos amigos y fuimos a la tribuna oriental, la cual permite el acceso a los hinchas de los dos equipos.
Quedé atónito, las zonas aledañas al estadio que antes eran espacios de temor y división por colores, ahora estaban llena de gente que se mezclaba portando las camisetas de ambos equipos. Lo mismo sucedió en el interior del Atanasio, aunque el partido fue tenso y Nacional goleó a un lento Medellín. Cuando el partido terminó hubo calma, tanto que, con mi camiseta roja puesta, salí por la tribuna sur – la de la barra popular de Nacional – y nadie me dijo nada, fui uno más de ellos.
Ese día regresé feliz a casa, reafirmé mi confianza en el otro, aunque sea opuesto, y fui testigo de que en Medellín se puede vivir el fútbol en paz. Todos entendimos que, aunque nuestro equipo gane o pierda, siempre hay una familia que espera nuestro regreso en casa.
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Podemos confiar… en que el color de una camiseta no pone en riesgo nuestra vida.
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Es importante pensar y trabajar en unión y apoyo con los otros, aprovechando cada una de nuestras habilidades como granito de arena.