Juan David se despierta todos los días a las 5:00 de la mañana. Cuando el cielo todavía no define su color, el gris y el azul luchan por adornar el firmamento. Debajo de ellos, el verde es el rey indiscutible, son cientos de matas de plátano las que llenan el entorno. Entre ellas camina Juan, eleva una oración a Dios para que lo libre de todo peligro y comienza su jornada de trabajo, que se extenderá hasta las dos de la tarde; la mitad de ella estará en la plantación, el resto en la zona urbana de Turbo realizando diligencias. Día a día construye el futuro de Nueva Edi Luz.
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Su microempresa es familiar, queda en la vereda La Pola, a diez kilómetros del casco urbano de Turbo. La inició en el año 2000 con 1,5 hectáreas de tierra que le heredaron sus padres. Hoy, ellos lo acompañan y apoyan en la casa, son partícipes de que con orgullo pueda decir que ha crecido, que tiene tres hectáreas propias y en arriendo otras cinco. Que cada una de ellas al año produce casi 1.110 cajas de plátano que vende al exterior. Son el sustento de su hogar. Su empresa es su tesoro, es el patrimonio que quiere dejarle a Zaira, su hija, quien apenas tiene seis años de edad. Está en primaria y seguro cursará el bachillerato que su papá no pudo.
“Solo dos legados duraderos podemos dejar a nuestros hijos: uno, raíces; otro, alas”. Eso decía un periodista estadounidense llamado Hodding Carter. Para Juan, el estudio es eso, “alas”, el mejor regalo que se les puede dar a las personas a las que se ama; según él, “es lo único que nadie les puede quitar”. Por eso, desde ya, tiene como meta que Zaira ingrese a una universidad, que estudie lo que quiera, que sea lo que quiera, dentro o fuera de Nueva Edi Luz, pues su única responsabilidad será la de ser feliz. Para eso trabaja Juan cada día.
Juan David, un año después
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Muy linda la historia