Año 1975
Una caja de madera, con una perilla y pantalla de cristal, en la que habitaban Beto, Enrique, Archivaldo y los otros personajes de Plaza Sésamo. Frente a ella estaba sentada Liliana María Palacio Hernández, tenía apenas diez años y era afortunada. Ya sabía a qué le quería dedicar su vida: a los títeres.
Ken Robinson, educador, escritor y autor del libro El Elemento, llama así a la suerte de identificar eso para lo que somos buenos y nos apasiona. Liliana, quien lo vivió, simplemente lo llama propósito. Ella, quien lo materializó y lo llamó Manicomio de Muñecos, hoy vive de su arte y vive bien.
El destino, la causalidad o hasta la casualidad hacen que los caminos correctos se crucen. Eso le pasó al Manicomio de Muñecos y a Comfama.

Hoy, ambos participan en una iniciativa que se llama Inspiración Comfama. Tienen el honor y, a la vez, la tarea de demostrarles a miles de estudiantes en Antioquia que existen otras alternativas y que se puede dedicar la vida a eso que se quiere ser y hacer.
En el caso del Manicomio de Muñecos, la inspiración viaja a manera de teatrino a los colegios, sin importar en donde se encuentren; se arma en sus placas polideportivas y recibe a los chicos con historias, que en el fondo son mensajes de amistad, tolerancia y responsabilidad.
(Lee también: Inspiración: la clave para eliminar fronteras).
Así, las anécdotas que a Liliana le ha dejado esta experiencia son muchas, pero se le encharcan los ojos cuando recuerda a una niña que, sin más, cuando terminó una de las funciones, esperó y se acercó para decirle que le había cambiado la vida; además, le dijo: “Gracias”.
Liliana, con su trabajo, embelleció el día de aquella niña, y recibió a cambio el mejor estímulo: la comprobación de que tiene sentido mostrar que existe un camino diferente.