Teatro para pasar las horas
Por: Juan Diego Mejía
Escritor
Mi esposa y yo llegamos a Sevilla, un pueblito en la zona bananera del departamento del Magdalena, a finales de los años setenta. Nos sorprendió sentir la intensidad de la luz del sol que hacía brillar la vegetación y ver que la gente parecía flotar en el calor de la una de la tarde. El pueblo era un asentamiento de obreros que iban de finca en finca en una sucesión de generaciones de la que casi nadie se podía evadir.
Cincuenta años atrás, los abuelos de quienes serían nuestros vecinos se enfrentaron a la poderosa compañía norteamericana United Fruit Company, que era la dueña de miles y miles de hectáreas sembradas de banano. La compañía empleaba a la casi totalidad de la población de la zona y definía el destino de la región. Medio siglo después de la famosa huelga en la que murieron muchos trabajadores, Sevilla seguía pobre, sin luz eléctrica, sin agua potable, sin alcantarillado, pero igual de brillante bajo el sol.
Este era el entorno en el que íbamos a vivir mi esposa y yo. Ella de diecisiete años, y yo de veinte. Ambos ansiosos de conocer la realidad del país del que habíamos oído hablar en la Universidad. Ocupamos una casa que había estado desocupada durante muchos años. Limpiamos. Pintamos las paredes. Colgamos una hamaca donde dormiríamos el primer año y poco a poco aprendimos a protegernos del calor y a disfrutar los aguaceros que nacían en la Sierra Nevada.
Desde el patio de la casa veíamos cómo se formaban las nubes que luego se oscurecían y por último llegaban las lluvias de goterones gruesos que podían durar días enteros.
Entre el escaso equipaje que llevábamos estaba el libro de las obras completas de Shakespeare. Sin saberlo, ese libro nos iba a proteger de la soledad y de los miedos a ese mundo desconocido. Cada noche, cuando ya se habían ido los mosquitos, encendíamos una vela y leíamos una obra. Se convirtió en el momento más esperado del día. Mi esposa leía en voz alta y me parecía estar oyendo a la temible Lady Macbeth o a Julieta, la enamorada, o a Miranda, la hija de Próspero, el soberano que se refugia en una isla mientras pasa la tempestad.
Y cuando yo era el que leía, me esforzaba por parecerme a Ricardo III o Enrique VIII. Solo teníamos que cerrar los ojos y dejar que en la oscuridad de la casa aparecieran los personajes del pasado. Pero si algo nos queda de ese tiempo, es el recuerdo de la emoción al leer La Tempestad, mientras afuera el viento movía las plantaciones y levantaba los techos de las casas.
(Lee en Revista Comfama: Había una vez…).
La Tempestad
William Shakespeare
Fragmento
Escena 1
Sobre un navío, en el mar. Óyese un rumor tempestuoso, con truenos y relámpagos. Entran, por diversos lados, un CAPITÁN de navío y un CONTRAMAESTRE.
CAPITÁN. – ¡Contramaestre!
CONTRAMAESTRE. – ¡Presente, capitán! ¿Cómo va?
CAPITÁN. – Bien. Hablad a los marineros. ¡Maniobrad con pericia, o vamos a encallar! ¡Apresuraos! ¡Apresuraos!… (Sale.)
Entran Marineros
CONTRAMAESTRE. – ¡Hurra, mis bravos! ¡Serenidad, serenidad, mis bravos!… ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Arriad la cofa de mesana! ¡Atención al silbato del capitán! ¡Y ahora, viento, sopla, hasta que revientes, visto que tenemos sitio para maniobrar!
Entran ALONSO, SEBASTIÁN, ANTONIO, FERNANDO, GONZALO y otros.
ALONSO. – ¡Buen contramaestre, cuidado! ¿Dónde está el capitán? ¡Conducíos como un hombre!
CONTRAMAESTRE. – Os lo suplico, permaneced ahora abajo.
ANTONIO. – ¿Dónde está el capitán, contramaestre?
CONTRAMAESTRE. – ¿No lo habéis oído? Estorbáis nuestra labor. Permaneced en vuestros camarotes. Ayudáis a la obra de la tempestad.
GONZALO. – ¡Vamos, bravo, ten paciencia!
CONTRAMAESTRE. – Cuando la tenga el mar. ¡Fuera de aquí! ¿Qué importa a estas olas rugientes el nombre de un rey? ¡A vuestros camarotes! ¡Silencio! No nos perturbéis.
GONZALO. – Bien; pero recuerda a quién tienes a bordo.
CONTRAMAESTRE. – Nadie a quien estime más que a mí mismo. Consejero sois; si podéis imponer silencio a estos elementos y concertar la paz inmediata, no tendremos que tocar ni un cordaje. Usad de vuestra autoridad. Si no, felicitaos de haber vivido tanto tiempo y marchad inmediatamente a vuestro camarote para prepararos a afrontar el infortunio de la hora, si llega. ¡Ánimo, hijos míos! ¡Fuera de nuestro puesto, digo! (Sale.)
GONZALO. – Tengo la mayor confianza en este compañero. No me parece que, por las trazas, haya de ahogarse. Su complexión es la de un perfecto ahorcado. ¡Vela, buena fortuna, por su ahorcamiento! ¡Haz que sea nuestro cable la cuerda de su destino, pues el de nosotros no ofrece la menor ventaja! Si no ha nacido para ser ahorcado, nuestra situación es desastrosa. (Salen).
Vuelve a entrar el CONTRAMAESTRE.