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Jararambi, Emiliano y Joel
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Jararambi, Emiliano y Joel

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Jararambi Sinigüí corre detrás del balón. Está agitado y ansioso. Llegar a la portería tomará mucho esfuerzo: otros dos niños intentan quitarle la pelota que él siente tan suya en ese terreno y, con cuatro años de edad, no puede confiarse, “ellos son más grandes”, piensa. Cae al piso, pero se levanta y sigue. Un pase con pierna izquierda le da el triunfo y “¡gooooooool!”, grita mientras da saltos de alegría. Todos celebran en la cancha de tierra de la comunidad indígena La Coquera, en Apartadó. Se abrazan.

El carro de Emiliano, de cinco años, se desliza con mayor facilidad por la geografía de la vereda La Casiana, en el municipio de Jardín. “Siempre es grande, mide como un metro. Yo lo manejo y me empujo así: ‘rrrrrruuuuuunnnn’, ¡es más bueno!”, cuenta. Le gusta jugar con ese carro porque puede meterse en él, recorrer por los cafetales e impulsarse por una “montañita muy empinada que tiene una curva” -a la que además le echa jabón y agua-. Dice que tiene precaución: “Esa montaña es chiquita, no me pasa nada”. Las ruedas están presentes en su historia: quiere ser ciclista, como Tito, su primo, el hijo de ‘Cachona’.

Emiliano Rendón, su juego: carros y superhéroes.

“Carnero y Berpi son las mejores babosas de Bajoterra” (un dibujo animado de Disney XD). Lo dice Joel –él las conoce todas y sabe de sus poderes–. Por ellas le empezaron a gustar los dragones, los robots y, también, los dinosaurios: “Desde la época en que se localizaron sus huesos me interesaron”, agrega mientras agarra la plastilina y crea un alosaurio. “Me tomó tiempo y práctica pero ahora hago unas cosas hermosas”, explica. Está en la escuela, en el receso de clase y aprovecha para enseñarles a Matías y a María Antonia. Ellos lo observan e intentan replicar la figura. “Yo tengo seis y ellos cinco, por eso soy más grande y les tengo que explicar”, aclara Joel.

El partido termina y Jararambi propone jugar al trompo. Bayi Puma, su hermana de 11 años, interviene diciendo que mejor trepen árboles. Hay consenso. Corren a tomar el que más les gusta y ascienden con la destreza de quien lleva años practicando. El pequeño escoge un almendro y, desde allí, en el copo, mira al cielo buscando figuras, su nombre, Jararambi, significa nubes. Entre las formas más indefinibles siempre encuentra animales, carros o balones. De repente, se lanza hacia una rama fuerte y, balanceándose, dice a viva voz: “Muna mura zarra bayá, mupuru sokayda”, que en lengua emberá significa: “yo quiero ser policía para cuidar a los pueblos”. Los demás lo abuchean y él revienta en carcajadas. El tiempo del juego termina. Mamá llama al almuerzo. Jararambi corre.

A la colección de Emiliano le faltan pocos superhéroes. Luego del cansancio del carro deslizador, se sienta a jugar con Hulk, “es el mejor, tiene unos poderes únicos”, dice, pero también le da la oportunidad al Capitán América, “me gustan porque tienen martillos y escudos y salvan a las personas”. Los pone a luchar juntos para vencer al villano y al final lo logra: “¡Eso!, jamás vuelvas a ser malo”, le dice al antagonista. Se cansa de ellos y los deja a un lado. Sale a jugar con sus amigos, le gusta mucho estar con otros niños. Es hora de los columpios.

Joel Orrego, su juego: dinosaurios en plastilina.

¿Qué es la chucha congelada, cogida y puente? Joel, un experto en estos juegos, explica: “Mira, la chucha cogida es que una persona sale corriendo a alcanzar a los otros, y a la que él coja le toca correr y alcanzar a los demás. Me divierte mucho porque es muy charra”, se ríe y detiene el relato unos segundos. Continúa: “La chucha congelada es que un amigo lo coge a uno y uno se tiene que quedar paralizado, así, mira”, se queda quieto un momento y sigue: “Y la chucha puente es que si a uno lo tocan, uno debe abrir bien las piernas y unas personas pasan y lo liberan. Y ya”.

Concluye el tutorial sobre juegos.

 

Regresa: Los niños dicen

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