Por: Carlos Palacio · compositor, cantante y guitarrista
Fui un buen estudiante de medicina, pero nunca me sentí médico. He ahí un resumen escueto de las razones de mi decisión. Por otro lado, siempre fui feliz haciendo música. Realizar el enroque, habida cuenta de esa claridad, se me antoja algo natural y obvio. Aun así, no puedo desconocer que saltar hacia el mundo de la música, el reino de la incertidumbre, trajo consigo un paquete de dificultades. Pese a eso, ni una deuda por pagar en el ICETEX ni la desesperanzadora claridad no ya de tener las cuentas bancarias en blanco sino de no tener cuenta bancaria alguna lograron disuadirme.
Organicé una apuesta para el mundial de fútbol del 94 que compraron todos mis conocidos, envié cartas pidiendo apoyo a todas las empresas que aparecían en el directorio telefónico y me despedí de la medicina haciendo todos los reemplazos posibles. El resultado de esa incipiente estrategia de crowdfounding análogo fue el dinero para comprar los tiquetes, un apoyo de una empresa local para pagar los primeros tres meses de mi escuela de música en Cuba y la absoluta convicción de que era capaz de cualquier cosa que me propusiera.
¡Pobre pendejo! Una vez llegué a La Habana me di cuenta de que no existía otro empleador que el Estado y de que el sueño pendía de una cuerda. Ahí recuerdo la primera dificultad real: conciliar la ética con la necesidad de supervivencia y elegir un escenario que me permitiera dormir.
Muchos de mis compañeros extranjeros se casaban por dinero o vendían cartas de invitación, ese documento sin el cual un isleño no podía tramitar su permiso de salida. Nunca tuve el cuero para hacer ninguna de las dos cosas. Me decanté por el más tolerable mundo de la venta de licor.
Tomaba mi bicicleta y pedaleaba los cincuenta kilómetros que separaban a La Habana de Santa Cruz del Norte, la ciudad en la que se fabrica el ron Habana Club y allí compraba algunas botellas que luego vendía a los turistas. De esa forma sobreviví varios años en paz conmigo.
A mi regreso, la dificultad central radicaba en conseguir trabajo como músico, lo que para mí se traducía en no regresar por fuerza a la medicina. Fueron tiempos de dictar clases en cuanta academia de música me aceptara y a cuanto estudiante particular apareciera. Días de esquivar a consciencia los ofrecimientos en el área de la salud. Días de desplazamientos maratónicos contra el reloj y de cansancios épicos. Pero fueron, a su vez, días de constatar la ruta de mi vocación y la felicidad derivada de mi decisión.
Cuando miro hacia atrás, con el filtro de los años, descubro la primera ganancia: que los obstáculos se convirtieron en anécdotas. ¿La segunda?, esa es la más importante. Se trata del camino mismo y de la certeza absoluta de que lo repetiría sin cambiar una sola coma.
Ante la dificultad…
Los obstáculos
se convirtieron en
anécdotas.