Para muchos, emprender en medio o después de la pandemia por COVID-19 puede ser una locura. La historia de cómo confiar en las ideas, en las capacidades propias y en los demás, le permitió nacer a Milu.
La vida transcurría tranquila. Entre los deberes académicos y laborales, Luisa pensaba cómo avanzar en ese sueño que palpitaba con fuerza en su interior. El diseño y las redes sociales eran sus aliados para cultivar su talento natural: idear experiencias memorables. Las puertas se abrían a cada paso.
Como los grandes inventos, ese primer chispazo para emprender surgió en el lugar más inesperado. Una papelería era el templo, dos ideas convergían, sumaban. Ella y su hermana, Milanyela, descubrieron que compartían el entusiasmo por crear, también las ganas de fundar su propia empresa. La magia de ese encuentro dejó como una especie de pacto una serie de rayones acerca de lo que querían.
Un rompecabezas de ideas tomaba forma, los últimos días de marzo anunciaban la primavera. Todo florecía, pero, la vida es impredecible por naturaleza; sin aviso, en un suspiro, todo cambió.
La ciudad amaneció en silencio. Una mañana sin el sonido de las motos, los buses y los carros aturdía. Las casas cobraban vida en las horas donde, normalmente, nadie las habitaba. Las rutinas quedaron atrás. Proyectarse hacia el futuro era una ilusión, la vida se dividía en los plazos que anunciaba el presidente en sus alocuciones. De quince en quince, la palabra cuarentena, que parecía provenir de cuarenta días, ya no coincidía con esa suma.
Las semanas transcurrían lento a la espera de una buena noticia. Las gráficas con curvas ascendentes de contagios abundaban. Los negocios, uno a uno, cerraban para no reabrir jamás. ¿Qué quedaba?, ¿esperar a que la normalidad regresara?, ¿comprender que los proyectos no estaban en pausa sino en un «stop» definitivo?
La primera decisión de las hermanas Valderrama fue esperar. Por efecto cascada, empezaron a creer en que retomar su propósito de emprender era una verdadera locura. Sin embargo, la normalidad no llegó. Luisa y Milanyela conversaron y tomaron una decisión: ajustarían el modelo de negocio, reinventarían la logística para las entregas e incluirían los protocolos de bioseguridad necesarios. Su proyecto de diseñar y ofrecer, a través de detalles a domicilio, momentos inolvidables, nacería aun en medio de la pandemia. Creían firmemente que se trataba de un momento en el que las personas necesitaban recibir amor y ellas estaban para ayudar a entregarlo.
Saltaron al vacío, creyeron en ellas, en su idea y también en cada uno de los habitantes de Medellín, confiaron en que todos podián autocuidarse, «portarse bien» para reactivar la economía. Hace ya seis meses se fundó Milu, así se llama su empresa, esa misma que es la prueba de que los proyectos solo se hacen reales mediante las acciones.
Cada ancheta, cada ramo de flores, cada carta que Luisa y Milanyela crean y entregan simbolizan un abrazo para quien lo recibe, son una evidencia de confianza que demuestra que, aunque el presente parezca difícil, los seres humanos seguiremos creando, emprendiendo y encontrando maneras de estar juntos y de demostrar amor en el futuro.
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Podemos confiar… En la posibilidad de emprender.
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